Aguardábamos a que nos abrieran, tocaba trabajar. Se preveía una noche tranquila. Era jueves y el club se estaba dando a conocer. Misión: crear ambiente. A pocos metros de la entrada del local un hombre yace en el suelo. Los transeúntes lo esquivan, algunos lo observan descortesmente, otros con disimulo, la mayoría con sobrada indiferencia. En una gran ciudad este tipo de situaciones se dan por habituales. Es simple, a nadie le importa.
Los minutos pasan y nuestra preocupación aparece en segundo plano. En algun punto del camino aprendimos a convivir con el estupor y nos hicimos compañeros de viaje. Nuestro caparazón de acero y hormigón impide que sintamos. Bueno, algo de pena y vulnerabilidad ajena, pero sólo momentánea, efímera.
Alguien ha llamado al servicio de urgencias médicas. Un ambulancia desemboca a toda prisa en el carril derecho de la calle, frente a un cuerpo inmóvil, observado. Parece ser que fue una patrulla local quién hizo la llamada. Tal era nuestra abstracción que ese detalle se había perdido entre conversas banales.
Los responsables médicos tienen trabajo, más del que se podía preveer. Oxígeno, masaje cardíaco, más oxígeno. Aquél que actua sobre el cuerpo parece ser el único a quién de verdad le importa. Quizá sea humano, quizá sea un buen profesional.
El tiempo se había perdido hacía varios minutos, tal vez una hora o más. La esperanza desistió hace mucho y el olvido era cautivo de una alma caduca. Muchos amaneceres pálidos, demasiado alcohol de madrugada, demasiado frío en los huesos. La inercia ya no fue suficiente para unos latidos que se habían quedado sin eco.
jueves 7 de mayo de 2009
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