Después de descansar unas cuantas horas, uno se plantea que hacer con su tiempo. Cómo utilizarlo nos hará sentir satisfechos, orgullosos, indiferentes, comprensivos, relajados, desauciados, enloquecidos, impetuosos, compulgidos, melancólicos, vacíos, poderosos, cautos, sensibles o simplemente felices.
Cada mañana (no necesariamente en sentido literal) uno se levanta de la cama, normalmente a regañadientes y con la sensación que podría estar los cinco minutos de rigor que contradicen toda teoría que se refiera al espacio-tiempo. Cinco minutos, que pueden ser veinte y hasta dos o más horas. Esos cinco minutos que nos queremos conceder como regalo nos determinarán el resto del día.
Levantarse tras los cinco, ampliando el margen de maniobra hasta siete u ocho, es aceptable para uno mismo, cuando una serie de propósitos aguardan en las siguientes horas. Tomarse esos cinco minutos es una decisión plenamente individual, pero con consecuencias que se situan fuera del alcance de uno.
Es interesante comprobar como dejar pasar esos cinco ansiados minutos, nos provocan un sentimiento de poder inigualable. Es decir, una decisión propia, sin interferencias, puesto que nuestro estado de conciencia es incapaz de reconocerlas, ni de razonar. No obstante, levantarse y decir "los cinco minutos quizá me los conceda otro día", y abofetear así nuestro propio desdén en su estado más puro, tambien tiene su mérito.
La decisión es individual y puede responder a un sinfín de motivaciones más o menos ocultas. ¿Levantarse o seguir recostado? No importa, si realmente hacemos lo que más nos apetece y, sobretodo, somos conscientes de lo que significará tomar uno u otro camino.
Que os divirtáis.
miércoles 1 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada