Cuando escribir resulta terapéutico, reflexionar sobre nuestro entorno se convierte en obligado. El sentido que precipitamos a nuestros días erosiona cualquier piedra filosofal. No hay secreto, no hay magia, la realidad está codificada.
Cuando satisfacer una necesidad se convierte en obligación, la necesidad se revuelca y nos planata cara. Es entonces cuando, sin saber que hacer, liberados de toda respuesta racional, apelamos a nuestro instinto.
No hay finalidad, tan solo la solapación de acontecimientos en los que reposamos.
Quizá otro día, con el empuje de otro amanecer nublado, vuelva a escribir. Sí, lo haré. Puede que mañana.
Buenos días.
miércoles 1 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada