Una gota cuando cae desde las nubes no sabe con que se encontrará. Sin embargo, es consciente que terminará impactando en algún momento de su camino. El punto más alejado lo marca la superfície terrestre, con su tierra húmeda, su arena incandescente, su asfalto sulfúrico, sus alfombras rojas.
Siendo consciente de esta condición, recorre su camino. A veces se queda cerca, en una hoja seca de otoño. Otras, termina en tejados de uralita, en camiones de reparto, en monumentos mimetizados, en transeúntes con paraguas, en reliquias perdidas, en monedas olvidadas, en caminos de cartón, en argumentos de vapor, en sombras de diván, en colinas sin salida, en sonrisas de cristal, en copas de agua hervida, en ángeles de atardecer, en manzanas podridas, en aletas de tiburón, en regozijos sin control, en pasiones de sobremesa, en animales sin precaución, en muebles de estantería, en abanicos sin jardín, en guiones por escribir.
A veces regresa al mar, sin haber conocido a los hombres, sin haber conocido a su mundo de cemento y miel. Otra oportunidad le aguardará en un futuro. No sabe cuándo ni dónde. Quizá tampoco sabe, que no será ella la que viajará, sino otra como ella. Su camino terminó sin pena, sin gloria, con esperanza y con desinterés. Lo venidero no le concierne, pues lo ignora.
El retorno no está diseñado para los humanos, simplemente está en la física.
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