miércoles 1 de abril de 2009

El papel higiénico

Sin él no somos nada. Su gran función ha pasado desapercibida a los ojos de esta vida incesantemente rápida y agitada. Su razón de existir: protegernos de nuestra propia mierda. ¡Qué absurdidad y a la vez qué grandeza y sabiduría!
No importa si es de 1, 2 o 7 capas; si esta hecho de celulosa refinada o de estropajo reciclado; o si tiene dibujos de un puppy o de mariposas; o si es verde, rosa o azul. Lo importante es que se situa entre nuestra mano (nosotros) y unos desechos también nuestros (la mierda) que no queremos tocar. Que la toquen otros.

Somos grandes productores de mierda para terceros. Estaríamos dentro del sector secundario de la economía, aunque también podriamos considerarlo como del sector servicios. Y pese a que el refinamiento nos hace esquivar lo obvio, la realidad nos susurra "es el ciclo de la vida, hijo" como en el Lion King de Disney.

¡Joder! Cómo es la vida... Por un lado nos da y por el otro nos quita. Pero es que sin equilibrio las fuerzas se pierden en el caos.

Y todo esto venía a raíz de ver un programa de TV de vídeos caseros, de estos en que una toma de cámara oportunista y casual (totalmente) inmortaliza un hecho anecdótico cargado de una fuerte dosis de humor absurdo. Por ejemplo, un salto descomunal sobre una cama elástica que termina con el individuo dándose de morros en piso del jardín.

Entonces vi a ese gran presentador de contenidos (ex play boy), acompañado de una exuberante mujer que le reía las gracias . Y digo ex, porque esta clase de programas centran todo su interés en el contenido (más o menos banal, que los telespectadores y demás gentes amantes del entretenimiento ceden generosamente a unas productoras de televisión harto podridas de ideas copiadas) y no en quién lo dirige. De lo que se puede deducir fácilmente que el tipo sin corbata importa un carajo.

A lo que iba. No pude fijarme más que en ese hombre de mediana edad que conduce (con piloto automático) el programa con un enorme desparpajo y sonrisa confidente. Y pensé "tio, estás acabado, estás en las ultimas de tu carrera. A nadie le importaria si fueses sustituido por un bogavante hervido. Tu eres lo menos interesante, de entre lo poco interesante que hay en el programa. ¿Cómo se puede terminar así? Si hace unos meses eras el tío más enrollado y archiadmirado de la televisión nacional sin cable."

Entonces me hice eco de la teoría del papel higiénico. Aquella en la que atorgamos una función X al rollo de celulosa [X= evitar que toquemos la mierda]. No pude apartar mis pensamientos de esos despachos con mesa de cristal y sillas de cuero negro (aptas para amas dominantes) y ejecutivos encorbatados decidiendo sobre los contenidos que emitirían en su canal TV el próximo mes. Esos individuos a los que no les gusta mancharse de mierda y que por ello utilizan a un bobalicón pasado de moda para rellenar, cual pavo en Thanks Givin Day, un jodido agujero en la parrilla, con olor creciente a carne requemada.

Si el perro de Scottex (de la primera camada) levantara la cabeza, se la volaría de un disparo en la sien con una automática de 8 mm.

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