Una patilla, dos patillas, tres patillas. I am hungry and there is no time.
El hambre me persigue y sólo puedo echar mano a mis recomidos muñones de la tercera falange. Espero comerme algo más antes que termine el día. Podría comerme el mundo o una mierda. Confío en no tener que comerme mis propias palabras: el nunca se hace difícil de digerir. Lo mejor será prevenir con algún antiácido troquela-úlceras, de esos que las farmacéuticas venden como nubes de azúcar blanquilla niquelada.
Un buey, un caballo, una vaca, un elefante, la simpática pero no guapa, el sobrino que no tuviste, una retención quilométrica por querer ser el primero, una viga granizada o una rosca de paso doble. Puedes comer lo que quieras, pero que no sea por hambre.
jueves 13 de agosto de 2009
viernes 19 de junio de 2009
tonight
Me dispongo a dar un paseo nocturno, de esos que despejan la mente y hacen sentir a uno algo más desubicado de lo que está. Me invento la banda sonora, que figuro me acompaña. Escasa presencia humana. ¿Qué iba a esperar? Esto no es la capital. Es una periferia circuncidada con pretensiones de ciudad. Le falta estilo. Le falta creérselo.
El codo y la mano están unidos por el antebrazo. El primero articula: flexión y extensión, más no se le puede pedir. La mano: escribe, hurga, seduce, comunica, rasca, sugiere, palmea, agrupa, presenta, impacta, masturba, insulta, acompaña, compone, siente, converge, invade, respira, socializa, intuye, ejemplifica, sustrae, enfatiza, cohíbe, acaricia, cuenta, diseña, ordena, convence, personaliza. No obstante, depende del codo para realizarse completamente.
Mac

Tenemos un par de garrafas con algo de carburante, dos detonadores de tipo GR-56 y 3 metros de alambre de 12 mm. Necesitaremos arrancar unos cables del cuadro central para evitar sorpresas. Las gomas de pollo, de los polvorientos planos, serán de gran utilidad. El volante de la carretilla elevadora y las llaves de seguridad de los extintores servirán. Una grapadora sin grapas, tres clips de colores con funda plástica, un cuchillo de untar mantequilla y el temporizador del microondas. Un cubo de pintura al agua, dos cucharillas de café con agujeritos y una lata de melocotón en almíbar, del lote de las pasadas navidades. Una bujía del coche robado y semidesguazado. Un calefactor de 300w. Siete metros de cable pelado. Las teclas Caps Lock y Alt Gr del teclado de recepción. Un preservativo de sabor cereza. Unas pinzas de batería, una tapa de inodoro, 9 hojas DIN A4 reciclado, un sujetapapeles y dos separadores color beige. Una flamante navaja suiza.
Equipo

Bien, disponemos de dos cañerías en desuso de metro y medio cada una. Un motocultor averiado. El viejo soplete también será útil. Cogeremos una par de ruedas del Lincoln del '72, sin motor. Sacaremos las bridas a ese depósito. Aunque estén recubiertas de óxido pueden servir. No se preocupe, se las pondremos cuando termine todo. Las cajas de clavos y el palo de fregona que se sumen a la fiesta. La bobina: hay que deshilarla. El martillo neumático sin cable, cógelo. La caldera, la partiremos en dos y abriremos una ranura de 3x15 cm. en el medio. Las bombas de nitrógeno líquido compresurizado y la manguera. Dos patas del taburete de aluminio servirán. Un par de codos de cobre, una placa de radiador y tres bombillas de bajo consumo. Unas tapetas de caucho. La gárgola de piedra irá dentro de la parabólica, forrada con porespan y fibra óptica. El sintonizador de radio de la KWA servirá de transmisor para la carretilla, que se solapará a la bomba de lavadora de entrada frontal. La tabla de aglomerado sobresaldrá del contrachapado de la culata de tractor. La película de las cintas VHS harán de filtro solar y las sujetaremos con dos sargentos a la pieza de mármol, que hará de soporte a las dos columnas de cartón piedra, que equilibraran el cubo de acero inoxidable, que irá collado encima del palé.
Ay!
Necesito tiempo para establecerme.
Convencer a mis pensamientos
y centrar su atención.
Me detengo, me admiro; pura vanidad.
Prosigo. Estás en la sala.
Detengo la mirada,
descubro la soledad.,
Qué puro es estar solos.
Tu y yo.
Una escena cualquiera,
cámbiala si te apetece.
No me importa,
simplemente decora el espacio,
no es relevante.
Tu y yo.
Sentir… Sentir…
Stop, and go. Sentir…
Puro placer.
Me susurran. – Esperaos que ahora hos dedico unos minutos. No, menos. Decidme. Ahá, ahá…Sí, hmm… Bien.
Convencer a mis pensamientos
y centrar su atención.
Me detengo, me admiro; pura vanidad.
Prosigo. Estás en la sala.
Detengo la mirada,
descubro la soledad.,
Qué puro es estar solos.
Tu y yo.
Una escena cualquiera,
cámbiala si te apetece.
No me importa,
simplemente decora el espacio,
no es relevante.
Tu y yo.
Sentir… Sentir…
Stop, and go. Sentir…
Puro placer.
Me susurran. – Esperaos que ahora hos dedico unos minutos. No, menos. Decidme. Ahá, ahá…Sí, hmm… Bien.
jueves 7 de mayo de 2009
Jueves
Aguardábamos a que nos abrieran, tocaba trabajar. Se preveía una noche tranquila. Era jueves y el club se estaba dando a conocer. Misión: crear ambiente. A pocos metros de la entrada del local un hombre yace en el suelo. Los transeúntes lo esquivan, algunos lo observan descortesmente, otros con disimulo, la mayoría con sobrada indiferencia. En una gran ciudad este tipo de situaciones se dan por habituales. Es simple, a nadie le importa.
Los minutos pasan y nuestra preocupación aparece en segundo plano. En algun punto del camino aprendimos a convivir con el estupor y nos hicimos compañeros de viaje. Nuestro caparazón de acero y hormigón impide que sintamos. Bueno, algo de pena y vulnerabilidad ajena, pero sólo momentánea, efímera.
Alguien ha llamado al servicio de urgencias médicas. Un ambulancia desemboca a toda prisa en el carril derecho de la calle, frente a un cuerpo inmóvil, observado. Parece ser que fue una patrulla local quién hizo la llamada. Tal era nuestra abstracción que ese detalle se había perdido entre conversas banales.
Los responsables médicos tienen trabajo, más del que se podía preveer. Oxígeno, masaje cardíaco, más oxígeno. Aquél que actua sobre el cuerpo parece ser el único a quién de verdad le importa. Quizá sea humano, quizá sea un buen profesional.
El tiempo se había perdido hacía varios minutos, tal vez una hora o más. La esperanza desistió hace mucho y el olvido era cautivo de una alma caduca. Muchos amaneceres pálidos, demasiado alcohol de madrugada, demasiado frío en los huesos. La inercia ya no fue suficiente para unos latidos que se habían quedado sin eco.
Los minutos pasan y nuestra preocupación aparece en segundo plano. En algun punto del camino aprendimos a convivir con el estupor y nos hicimos compañeros de viaje. Nuestro caparazón de acero y hormigón impide que sintamos. Bueno, algo de pena y vulnerabilidad ajena, pero sólo momentánea, efímera.
Alguien ha llamado al servicio de urgencias médicas. Un ambulancia desemboca a toda prisa en el carril derecho de la calle, frente a un cuerpo inmóvil, observado. Parece ser que fue una patrulla local quién hizo la llamada. Tal era nuestra abstracción que ese detalle se había perdido entre conversas banales.
Los responsables médicos tienen trabajo, más del que se podía preveer. Oxígeno, masaje cardíaco, más oxígeno. Aquél que actua sobre el cuerpo parece ser el único a quién de verdad le importa. Quizá sea humano, quizá sea un buen profesional.
El tiempo se había perdido hacía varios minutos, tal vez una hora o más. La esperanza desistió hace mucho y el olvido era cautivo de una alma caduca. Muchos amaneceres pálidos, demasiado alcohol de madrugada, demasiado frío en los huesos. La inercia ya no fue suficiente para unos latidos que se habían quedado sin eco.
domingo 26 de abril de 2009
Palillo, no se clavan sus astillas.
Allí estaba el tipo, sentado en su taburete viéndolas venir. Cerveza medio vacía siempre. Codo izquierdo sobre la barra, a la distancia exacta para agarrar la botella y llevarla hasta los morros. Un movimiento preciso, lento, automatizado. Pura gestión temporal. Racionalizaba la melancolía y ni siquiera meditaba. Sorbía con sosiego e indiferencia.
De vez en cuando, hablaba con un interlocutor que jamás tuvo. A media voz y con tono apagado, demolido por los otoños, austero en su amplia magnitud decía "Ella sabía lo que había, se lo podía imaginar. Claro. Si..., yo qué sé. Pues no haberse casado conmigo". Después, agachaba la cabeza.
Cualquiera afirmaría sin dudar, que reflexionaba sobre sus palabras. Con el tiempo me di cuenta de que no. Aquél hombre, era simplemente un hombre.
De vez en cuando, hablaba con un interlocutor que jamás tuvo. A media voz y con tono apagado, demolido por los otoños, austero en su amplia magnitud decía "Ella sabía lo que había, se lo podía imaginar. Claro. Si..., yo qué sé. Pues no haberse casado conmigo". Después, agachaba la cabeza.
Cualquiera afirmaría sin dudar, que reflexionaba sobre sus palabras. Con el tiempo me di cuenta de que no. Aquél hombre, era simplemente un hombre.
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